miércoles 23 de julio de 2008

De raíces fuertes y perennes


Mi abuelo sentado en el taburete

Se está apagando

Mira la estrella de las seis de la tarde

Ha creído siempre que
esa estrella
Le recordará el nombre y el rostro de ese
Amigo que
una vez amó bajo
el cielo de junio.

Mi abuelo morirá
en tres años
Silencioso, trémulo
Como un árbol
su secreto echará raíces en la tierra

Es junio. Y en junio
La raíz es ciega y fuerte.

domingo 22 de junio de 2008

Agua de arroz o agua del consuelo



Ingredientes:
1 taza de arroz
3 tazas de agua
3 cucharadas de azúcar
1 astilla de canela

Preparación:
Atardece.
Olga está sentada ante la tumba de su hija.
Destapa un tetero y echa agua de arroz en la tumba.
Olga mira la tierra humedecida.
Mariana… otra vez, en la madrugada, he soñado contigo. Sueño que me ves llegar a la casa desde el umbral y empiezas a gatear hacia mis brazos. Veo que te acercas con una sonrisa de dos dientes, esa sonrisa que parece un sol.
Olga con las yemas de sus dedos acaricia la tierra.
Sueño también con tu llanto. Ese llanto tuyo que con escucharlo me deja una zozobra dentro de mí. Sueño que lloras desde lejos. Tu llanto me llama.
Olga aprieta en su puño la tierra.
…Te busco con desespero en la casa y no te hallo. Ese llanto tuyo suena con más fuerza como si me pidieras que te encontrara para estrecharte en mis brazos.
Mariana…Mariana…En las madrugadas despierto sin encontrarte, luego vuelvo a cerrar los ojos para soñar contigo, pero ya no recupero el sueño. Tu llanto se me queda como un eco en mi sangre.
Olga vuelve a echar agua de arroz en la tierra.
Ese llanto tuyo se parece tanto a esos llantos cuando tenías hambre. Sólo te calmabas cuando tomabas tu tetero con agua de arroz.
Silencio.
Después que sueño contigo pongo a hervir antes que los gallos canten tres tazas de agua. Le echo una astilla de canela para que tome sabor, luego la taza de arroz y dejo que hierva. Ese olor del agua cocinándose inunda la casa y me inunda de recuerdos el corazón. Vuelvo a verte con los ojitos cerrados como cuando te quedabas dormida en mis brazos. Vuelvo a tenerte mi niña, como si nunca te me hubieras ido. Escucho, otra vez tu llanto. Lloras de hambre. Te calmas cuando hueles el olor del agua de arroz cocinándose. Ahora, yo me calmo cuando huelo ese arroz, y me digo tu nombre una y otra vez. Tu papá cuando me ve licuando el arroz para luego endulzarlo con tres cucharadas de azúcar para echarlo en tu tetero, me dice que si sigo así me volveré loca, dice que no debería pensarte tanto, ni venir a visitarte todos los días, pero tu papá no comprende que en este lugar puedes sentirte sola y hasta llorar cuando no tomas tu tetero. Tu papá no comprende que preparo el agua de arroz para que el frío del olvido jamás te toque.

Olga con las yemas de sus dedos acaricia la tierra.
Noche


viernes 9 de mayo de 2008


Sola, la garza

Vuela sobre las aguas

El río es testigo


Leonardo Jesús Muñoz Urueta

martes 29 de abril de 2008

Jugo de mango


Para dos personas

Otra vez en esta hora de la tarde, en que estoy acostado en mi hamaca, llega el deseo, desde el profundo silencio del patio, llega en el aroma de mango maduro que trae la brisa.

“Me acuerdo de tí, amigo mío, la brisa que viene del patio huele a mango maduro y a tí”

Recuerdas aquel noviembre en la tarde, cuando viniste a buscarme para tirarle piedras a las ramas del mango. Después de un rato, nos cansábamos de tirar piedras. Luego tú te quitabas la camisa húmeda de sudor y te acostabas mirando al cielo. Yo te veía extendido ante mis pies. Esa tarde era del color de la carne del mango maduro. Me miraste a los ojos y con tu mano, lenta, acariciaste tu sexo, bajo tu pantalón manchado de mango.

Otra vez, en esta hora de la tarde llega el deseo que huele a mango maduro.

“Me miras, tú estás de pie, tus ojos me recorren el cuerpo, bajan por mi pecho desnudo, por el camino de vello incipiente que baja hasta mi ombligo y luego sigue…miras la lumbre de mi sexo bajo la pretina de mi pantalón, mírame, continua mirándome…”

Es la época en que las hojas del mango empiezan a caer, y yo aquí, acostado en la hamaca, las veo caer, a pesar de los años, todavía las veo caer, como esa tarde en noviembre.

Recuerdas…las hojas caen sobre tu pecho desnudo, luego te pones en pie. Calladamente. Me late el corazón. Temo que mi tía Francisca nos vea tan cerca uno del otro. ¿De donde viene ese susto sin nombre, de que mi tía nos vea?. Te acercas al tronco de mango y me miras. Tú no dices nada. Estás callado. Esperas que me acerque más a ti. Esperas que mi mano toque tu sexo. Sabes que lo haré. Sabes que será nuestro secreto. Sabes que mi tía Francisca está bordando en la sala. Sabes que con mis dedos, índice y corazón tocaré la mancha de mango maduro que está al lado de la lumbre de tu sexo.

Abriste el mango, quitándole la concha con tus dientes, la carne del mango maduro, era del color de esa tarde en el cielo, luego metiste trozos de mango en la jarra de barro, le echaste dos vasos de agua, tres cucharadas de azúcar y con un molinillo de madera, empezaste a batirlo. Lo hiciste callado.

Mi tía Francisca probó ese jugo, nos felicitó y mientras ella se tomaba el jugo, yo en silencio, en cada sorbo te deseaba.

No me dijiste nada. Yo tampoco dije nada. La tarde que se iba cambiaba el color a las hojas del mango y tú me miras, como ahora, que te veo a través de los años y los recuerdos como esa tarde lejana en noviembre con el deseo hecho lumbre bajo la pretina de tu pantalón.

Nota:

Esta historia pertenece a mi libro de cuentos sobre recetas de comidas. ¡Disfrutenlo!

La obra que aparece en este cuento es de la artista colombiana Lorena Trespalacios Janne.

lunes 3 de marzo de 2008

Todas las orillas son un puerto


No importa a dónde te dirijas
No importa hacia qué lugar te lleve el viento
Déjate llevar de aquella voz
Que te ordena, te deja, te grita y te susurra

Escucha…

No importa a qué lugar te guíe la vida
No importa si los rostros que en el camino encuentres
Te sean desconocidos

Escucha…

Recuerda que todas las orillas son un puerto
Donde te espera
Un amigo que alguna vez olvidaste y que
Aún te guarda en su recuerdo.

Magangue, 13 de septiembre de 2001.


Para reconocerte...


Donde quiera que te encuentres
Enséñame una canción, un poema
O tan sólo una sonrisa
Para reconocerte el día en que llegues a mí.

Enséñame la música difusa de tus pasos
Que captan la lejana sonoridad del río
Y el crepitante galopar de caballos blancos sobre la mar.

Dime si tu piel huele a noche o a silencio
Enséñame algo de ti
Para reconocerte cuando llegues a mi alma.

Dame un a señal, una palabra
O el titulo de un libro

En las alas del viento envíame la flor de un beso
Para escanciar demente su místico sabor
Y descubrir si tiene olor a tierra extraña
O a la luna de noviembre

Quizás de esa manera pueda reconocerte

Mientras llega ese día
Te buscaré en la imagen del último crepúsculo
Hasta encontrar las luces de un nuevo amanecer

Magangue, 27 de mayo de 2002.


Sin hojas



Hoy me veo como un árbol escuálido
Sin hojas, sin frutos, sin nidos, sin recuerdos
Soy sólo un tronco desmedrado
Que proyecta sus ramas vacías al cielo.

Todo lo que era mío lo he perdido
Todo lo que poseía se fue lejos
Cada una de las hojas se fue despidiendo de mí
Y, condenado a verlas partir en mi silencio
No sé que fue más triste
Si la separación de estas hojas que amaba
O el ver su desvanecimiento en el lejano horizonte.

Todo lo fui perdiendo lentamente
Y al final de la jornada
Descubrí la intensa soledad
Mientras en mi cuerpo quedaban las marcas
Que tatuaban el alma.
Aún subsisten ramas tristes y exhaustas
Que se olvidaron de vivir.

Con el transcurso del tiempo lo he perdido todo
Y mientras éste con el viento pasa
Seguiré silencioso, alimentándome
De tenues puestas de sol y amaneceres
Hasta el día
En que una suave brisa
Doblegue el último suspiro de mi vida.

Magangue, 28 de septiembre de 2001.