martes 1 de septiembre de 2009

Mote de queso




Ingredientes:
1 Libra de ñame pelado y cortado en trozos
1 Libra de yuca pelada y cortada en trozos
4 Tazas de agua
½ Libra de queso costeño, picado en cuadros
1 Cucharada de suero

Preparación:
Hoy, mi hijo vendrá. Me lo ha dicho, esta mañana, una lengua de candela que salió de entre las astillas candentes en el fogón de leña, mientras preparaba el café. Si la candela está alegre, decía mi abuela, son señales de buenas noticias. Por eso he empezado a quitarle la concha al ñame y a la yuca, a cortar en forma de cuadritos el queso, para preparar mote de queso. Es bueno empezar temprano, puede suceder que con el olor del mote de queso cocinándose, pueda recordarle desde aquí, a mi hijo, el camino a casa. Una mañana de hace diez años, mi hijo Pantaleón cruzó el umbral para no volver más. Ese día en el silencio de la cocina, le estaba preparando mote de queso.

En una olla de barro, sobre un fogón de leña, se ponen a hervir 4 tazas de agua, se le echa en trozos el ñame pelado y cortado en trozos. Luego con un cucharón de palo de naranjo, se revuelve varias veces, para que el mote tenga consistencia.

Ese día en el mediodía, Pantaleón, no llegó a la casa almorzar. Me dijeron después que Los goleros, esos hombres que huelen a cobre, se lo habían llevado.

Cuando el mote de queso está en su punto, se le echa la ½ libra de queso costeño picado en cuadritos, se espera 10 minutos y se le echa la cucharada de suero. A parte se sofríe en dos cucharadas de aceite, un tomate maduro y una cebolla cabezona picada, se le agrega el diente de ajo machacado, se revuelve hasta lograr una salsa.
El mote de queso se sirve si se quiere con arroz con coco y un poco de cebolla cabezona sofrita, regada por encima, así le gustaba a mi hijo.

Desde ese día que no vino a almorzar, no he tenido tranquilidad. Cada madrugada al pie de mi cama, le pido a la virgencita de la Candelaria que me lo proteja. He esperado una señal que me diga que él está vivo. Hace diez años que dejo la puerta de la casa, entreabierta.
Hoy, mi hijo vendrá. La candela del fogón de leña me ha dicho que vendrá. Puede pasar que de tanto revolver el mote de queso, él llegue hasta el umbral y prefiera guardar silencio hasta que termine de servirle y me diga las palabras de su regreso, las que tanto he esperado escuchar.

martes 30 de junio de 2009

Sopa de coroncoro

Única Escena.
A lo lejos se oye una canción de cuna.
Luz de madrugada.
Un pescador a la orilla del río, en sus manos recoge una sábana blanca, como una red.
Sonajeros como peces en las aguas del río.
Pescador acuna la sábana en sus brazos igual que a un bebé.

Antes de que nacieras, mi niña, ya había soñado contigo, día a día. Soñé con tus dos cejas sombreadas, tu pequeña nariz, la línea sólida de tu mentón, tu amplia frente, tus labios.

Silencio.

Cuando habitabas en las entrañas de tu madre, en las noches te cantaba canciones de cuna que hablaban de sirenitas azules que se peinaban con peines de nácar sus cabellos a la luz de la luna.

Tu madre respiraba con cuidado como si entre sus dientes llevara un pichón de paloma, y en la tarde, ella escribía las letras de tu nombre, con la punta de la espina de un coroncoro en las paredes de la casa.

Silencio.

Cuando venia al río por las madrugadas le pedía siempre a sus aguas, un coroncoro inmenso, para que tu madre se hiciera una sopa de coroncoro, y tú, pudieras nacer sana y con las mejillas coloradas, pero los coroncoros ya no existen, mi niña y cuando uno le pide cosas que no existen al río es como ahogarse uno mismo en su propia sangre.
Recuerda mi niña, que la sopa de coroncoro ayuda a no olvidar.

Pausa

Mi niña, hoy te has despertado más temprano que de costumbre. En estos meses tus piececitos han dado los primeros pasos. Te ha despertado el sonido del agua que corre del riachuelo que está al lado de la casa.

Mi niña, siempre te ha gustado el sonido del agua, desde antes de que nacieras

A lo lejos se oye una canción de cuna.

He soñado que estaba en la orilla del río, recojo piedras de todos los tamaños y las guardo en mi mochila y tu, mi niña, estás conmigo, gateas hacia las aguas del río. Pareces no escucharme. Te llamo y las piedras que cargo en la mochila me pesan.

¡Mariana!, ¡Mariana!…, tus piececitos pisan la blanda arena del río, te llamo a gritos pero las palabras me pesan…

¿Qué fuiste a buscar en el agua mi niña?

A lo lejos se oye una canción de cuna.

¿Por qué sigue amaneciendo cada día?
¿Por qué continúan corriendo las aguas del río?
Acaso no saben que mi niña…

A lo lejos se oye una canción de cuna.

Las luces se apagan lentamente.

Sopa de coroncoro

Única Escena.
A lo lejos se oye una canción de cuna.
Luz de madrugada.
Un pescador a la orilla del río, en sus manos recoge una sábana blanca, como una red.
Sonajeros como peces en las aguas del río.
Pescador acuna la sábana en sus brazos igual que a un bebé.

Antes de que nacieras, mi niña, ya había soñado contigo, día a día. Soñé con tus dos cejas sombreadas, tu pequeña nariz, la línea sólida de tu mentón, tu amplia frente, tus labios.

Silencio.

Cuando habitabas en las entrañas de tu madre, en las noches te cantaba canciones de cuna que hablaban de sirenitas azules que se peinaban con peines de nácar sus cabellos a la luz de la luna.

Tu madre respiraba con cuidado como si entre sus dientes llevara un pichón de paloma, y en la tarde, ella escribía las letras de tu nombre, con la punta de la espina de un coroncoro en las paredes de la casa.

Silencio.

Cuando venia al río por las madrugadas le pedía siempre a sus aguas, un coroncoro inmenso, para que tu madre se hiciera una sopa de coroncoro, y tú, pudieras nacer sana y con las mejillas coloradas, pero los coroncoros ya no existen, mi niña y cuando uno le pide cosas que no existen al río es como ahogarse uno mismo en su propia sangre.
Recuerda mi niña, que la sopa de coroncoro ayuda a no olvidar.

Pausa

Mi niña, hoy te has despertado más temprano que de costumbre. En estos meses tus piececitos han dado los primeros pasos. Te ha despertado el sonido del agua que corre del riachuelo que está al lado de la casa.

Mi niña, siempre te ha gustado el sonido del agua, desde antes de que nacieras

A lo lejos se oye una canción de cuna.

He soñado que estaba en la orilla del río, recojo piedras de todos los tamaños y las guardo en mi mochila y tu, mi niña, estás conmigo, gateas hacia las aguas del río. Pareces no escucharme. Te llamo y las piedras que cargo en la mochila me pesan.

¡Mariana!, ¡Mariana!…, tus piececitos pisan la blanda arena del río, te llamo a gritos pero las palabras me pesan…

¿Qué fuiste a buscar en el agua mi niña?

A lo lejos se oye una canción de cuna.

¿Por qué sigue amaneciendo cada día?
¿Por qué continúan corriendo las aguas del río?
Acaso no saben que mi niña…

A lo lejos se oye una canción de cuna.

Las luces se apagan lentamente.

domingo 31 de mayo de 2009

La Cita


A Meira Del Mar

Beneranda Urueta, la bibliotecaria, con muchos días de anticipación, marcó en un círculo con un plumón de tinta carmesí el día 30 de mayo, en el calendario de la casa; el día de su primera cita. Por eso previó la cercana luna creciente para cortarse las puntas del cabello y poderlo lucir saludable en ese día agraciado.
Mandó a hacer un traje con una tela de color mango maduro guardado con bolitas de naftalina en el ancestral escaparate de roble.
Beneranda vivía en una señorial casa con techos de palmas secas, con puertas de umbrales altos, ventanas inmensas, solía pasar el sopor de las tardes dominicales sentada en la mecedora de la sala, con un libro abierto en sus manos, soñando con los encuentros furtivos que leía en sus historias de amor.
En la soledad de la casa, la acompañaba una perra enana, coja de la pata trasera izquierda, de pelos blancos ondulados llamada Lola, que a la seis de la tarde, cuando escuchaba los pasos comenzaba a dar ladridos de alegría.
También tenia un viejo loro cabeciamarillo, con pico pálido parduzco y mancha alar naranja llamado Roberto, que se pasaba el día en las ramas del naranjo en el patio, era el loro más culto de los loros de aquellos parajes, porque conocía y repetía sin cesar una lista de palabras nuevas que Beneranda descubría en sus lecturas diarias y se las enseñaba a Roberto; flamígero. Ósculo, avatares y él las cantaba marcadas con su rrr particular.
Así transcurría la vida de Beneranda, de su mundo real a su mundo soñado en lecturas hasta el día en que se vio en la carne , 33 años, sentía que no había hecho algo emocionante en su existencia, anheló como Madame Bovary, el día en que “los cielos se abrieran y la pasión fuera derramada “.
Ese 30 de mayo tan anhelado, Beneranda se miró de cuerpo entero en el espejo que pendía en una pared de la sala, contempló su rostro de piel oscura, curtida por caminatas a pleno mediodía, bajo la sombra de una sombrilla. Sonrió como un sol ante ella misma, asomó en su boca unos grandes dientes blancos, se puso sus dos manos en las caderas, dio para si misma una vuelta entera, luego se amarró una pañoleta bermeja en la cabeza, se acercó a el radio que tenía en la sala y en un volumen enajenante escuchó boleros de guitarras y saxofones .Buscó e deshollinador y empezó a quitar las telarañas que se habían acumulado en el techo de zinc, desempolvó las sillas, levantó el polvo ceniciento de otros siglos en lugares que hasta ahora habían sido inexplorados, cambió las cortinas de las habitaciones y ventanas, trapeó el piso de la casa con esencia de lavanda que luego exudaba un aliento floral.
La tarde como sábana ambarina, caía en los techos de as casa del pueblo, la casa estaba preparada, Beneranda se echó después de un baño con agua tibia de matarratón, aceite de coco en a urdimbre de ébano de sus cabellos y se pintó con un tono leve rosáceo sus labios.
Era la hora del encuentro, os patacones dorados calientes estaban servidos en la mesa de caoba al lado un plato hondo con abundante suero, acompañado con rodajas robustas de queso y batata cocida.
Beneranda con su traje de color mango maduro, se sentía radiante, serena ante la espera, se acercó al estante de sus libros y sacó uno de la poetisa barranquillera Meira Del Mar. Beneranda miró el reloj en la pared, seis de a tarde, la hora de ángelus, abrazó con su mirada toda la inmensidad de la casa limpia, olorosa, dio una mirada de soslayo a la puerta abierta, abrió el libro, se humedeció con la punta de la lengua la yema del dedo índice, para pasar una página del libro. Los ojos de Beneranda se detuvieron en el poema elegido y leyó en voz alta.

SOLEDAD

Nada tengo en el alma
Ni una pena pequeña,
Ni un recuerdo lejano
Que me hiciera soñar…
Solo tengo esta dicha
De estar sola en la tarde
¡Con la tarde no más!


Beneranda suspiró.
Beneranda detuvo su mirada en una línea del poema.
Beneranda en la mudez de sus ojos, sonreía.

__ Me invitaré otra vez__ en el acto cogió un patacón y lo untó de suero.

martes 19 de mayo de 2009

Mariana


Los ojos se le aguaron de la dicha, cuando vio las diminutas hojas verdes de una semilla que había sembrado en su matera de arcilla hacía dos semanas atrás en luna menguante de abril.
Recordó que la había sembrado acomodando la tierra oscura como una cuna espolvoreándola con las cenizas y susurrando el nombre de su niña Mariana.
Por eso el pecho se le hinchó de alegría con las pequeñas hojas y los ojos se le aguaron lo mismo como la vez primera que vio a su niña en sus brazos hacia dos años.


miércoles 18 de marzo de 2009

Allá


Si acaso al otro lado de la vida
otra vez, por azar, nos encontramos,
¿se reconocerán nuestras miradas
o seremos tan sólo un par de extraños?

De todos modos te amaré lo mismo.
Juntos. O separados.


Meira del Mar

Fallecida en la madrugada de la luna menguante del 18 de marzo de 2009

sábado 28 de febrero de 2009

Dulce

a j.j

Pronto te levantarás y dejarás el puesto de mi lado vacío. Presionarás el timbre de este bus. Y yo quedaré en silencio. Fingiré que no me daré cuenta de tu partida. Me acomodaré la falda. Miraré a través de la ventana, cómo a lo lejos la tarde se está yendo.

Me acaricio las manos. Me gusta pasar la yema de mi dedo índice en esta sortija. Mientras la froto, pienso que te he llamado la atención. Y me miras. He dejado mis pálidas manos sobre esta falda violeta.

Miro a través de la ventana. Paso mi mano sobre mi cabello, me quito la hebilla, lo peino con mis dedos, otra vez me pongo la hebilla. Te miro y eres de piel clara, cabello negro, corto. Tu ceja derecha tiene un débil camino que la separa. Y esos labios tuyos. Gruesos. Como henchidos de algo. Miro tus labios. Mi desconocido, será bonito recordarte por tu boca, cuando ya no estés. Imagino que tu mano toca mi mentón y la punta de tu dedo recorre el borde de mi boca. Imagino que tu boca está cerca. Más cerca. Puedo sentir tu respiración. Cálida. Y esos labios tuyos, se entreabren para encontrarse con los míos. Tus labios tienen un sabor como de durazno tierno. Un durazno que se deshace con un mordisco. Lento. Sigues besándome, mi desconocido.

El tiempo es lento. Cierro mis ojos. Abro mis ojos. Todavía estás sentado a mi lado. De repente te levantas del puesto. Extiendes tu brazo para presionar el timbre. El bus se detiene. Las puertas se abren. Veo que las cruzas. Imagino que disimulas no mirarme. Que mientes como yo. Las puertas se cierran. Y yo me quedo con un sabor extraño sin nombre en mi boca. Me paso mi lengua y ese sabor me ha hecho sonrojar.